La birra ya está caliente y el disco de Los Redondos que puse ya terminó. (Yo me pregunto lo mismo que el Indio, cómo puede ser que te alboroten mis placeres?) Solo estamos el cenicero y yo en plena charla personal, y creemos que es hora de poner otro disco de Patricio Rey y abrir otra botella; la noche aún tira para rato. Puedo apreciar el sonido del silencio, la inmensidad de la nada que me rodea. Salgo un segundo al balcón y apuntó los pies al vacío, miro hacia abajo. La vida de repente se tornó de color pastel y todo es un dibujo animado, todo transcurre a velocidad lenta; las caras de todos se deforman y parecen mascaras de cuero mal hechas. Recién me doy cuenta que mis pies aún no tocan la tierra. Abro los ojos y estoy en la cornisa, tengo medio cuerpo dentro y la otra mitad fuera de la realidad, en ese vacío donde uno ya es nada. Decido volver a entrar al departamento, seguir tomando la birra que dejé abierta y dejar que la rasposa voz de Carlos me endulce los oídos. Entre una cosa y otra le cuento al cenicero que desde que el mundo es mundo el que sabe amar tiene que aprender a sufrir y al que no sabe amar le crece la nariz.
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